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A 100 Millas | Vértigo de poder en el sur: la lucha anticipada por el Distrito 2

porEditor Libre Opinión

Ago 4, 2025

Por: Pepe León, Mario Millán (Almagrande)

En el discurso político, el llamado a la unidad suele vestirse con ropajes de ética, de principios, de nostalgia por los orígenes de un movimiento. Pero, en tiempos de disputas internas y ambiciones a flor de piel, esa narrativa se convierte en un arma retórica, más útil para frenar rivales que para construir consensos reales. Eso es precisamente lo que revela la reciente columna de Mary Hernández, presidenta municipal de Felipe Carrillo Puerto, que más que un llamado sincero a la cohesión de la 4T, es un reclamo disfrazado, dirigido a frenar las aspiraciones de Diego Castañón, alcalde de Tulum.

El contexto no deja lugar a dudas. Diego Castañón, con un despliegue político meticulosamente calculado, ha logrado firmar convenios con tres de los cinco municipios del Distrito 2 federal: Bacalar, José María Morelos y Othón P. Blanco. No se trata de cooperación técnica ni de casualidades institucionales. Es una gira de posicionamiento electoral disfrazada de trabajo municipal. Su mensaje, aunque no verbalizado, es transparente: aspira a más.

Y es en ese marco donde surge el discurso de Mary Hernández, que critica la “urgencia” y los “intereses personales” de quienes están —según ella— traicionando los valores del movimiento de transformación. Pero su crítica peca de selectiva. Ella misma, el mismo día de uno de los convenios de Castañón, viajó fuera de su jurisdicción para reunirse con un líder de la zona cañera. No es casual. Es un claro contragolpe territorial, un movimiento táctico para recordar que el sur profundo —su bastión simbólico— también tiene voz y músculo político.

En el fondo, estamos presenciando una guerra fría entre cacicazgos, una lucha intestina por el poder regional que desnuda las fracturas internas del partido dominante. Porque detrás del discurso moral de Mary Hernández, hay estructuras familiares que controlan Morena en Carrillo Puerto: su pareja es la presidenta del partido y su hermano, el secretario general. El llamado a la ética se complica cuando se entremezcla con redes de poder local que operan como pequeños feudos.

Y mientras tanto, el electorado observa a la distancia, como testigo mudo de una disputa que se da por sentada: que la decisión será tomada entre ellos, sin consulta, sin debate público, sin autocrítica. La política se convierte en una carrera entre élites que creen tener el control absoluto del mapa electoral.

La pregunta que surge, entonces, no es quién ganará esta batalla anticipada, sino qué ha quedado de la promesa transformadora cuando la competencia por un cargo futuro reemplaza la vocación de servicio presente. ¿Dónde están las causas sociales, la representación indígena, la lucha contra la pobreza estructural, el combate real a la corrupción?

Lo único real, como bien menciona Mary Hernández, es el “vértigo del poder”. Pero no como advertencia, sino como diagnóstico. Ese vértigo que ciega, que acelera, que desconecta a los liderazgos de las verdaderas necesidades del pueblo. Vértigo que puede hacer perder no solo la cohesión del movimiento, sino la legitimidad que una vez lo llevó al poder.

Porque cuando los discursos éticos se usan para frenar al otro, más que para construir juntos, lo que se erosiona no es la carrera política individual, sino la confianza colectiva.

El sur de Quintana Roo no necesita más actores que lo recorran con discursos vacíos o promesas recicladas. Necesita gobiernos que escuchen, inviertan, transformen y respondan. Necesita funcionarios que entiendan que la legitimidad no se hereda ni se presume: se construye desde el territorio, no desde los reflectores.

Diego Castañón ha demostrado que prefiere ser candidato a ser presidente. Que sus prioridades están en la geografía electoral, no en el mapa de necesidades sociales de Tulum. Su obsesión por figurar en la boleta lo ha llevado a descuidar lo esencial: gobernar con visión, con ética y con justicia social.

Si el poder sirve para proyectarse y no para transformar, estamos frente a un liderazgo vacío. Y en el caso de Castañón, el vacío social de su administración será la factura política que inevitablemente tendrá que pagar. Nos leemos pronto…