- ¿Renovación real o último intento?

Por: Pepe León//Almagrande
El PRI en Quintana Roo, un partido que durante décadas fue sinónimo de poder absoluto, intenta hoy reinventarse en un escenario donde su peso electoral se ha reducido al mínimo o, más bien, a casi nada.
La reciente designación de Rafael León Negrete como Secretario de Operación Política, acompañada por los nombramientos de Héctor Alberto Samos Villanueva en Acción Electoral y César Francisco Viera Hernández en Innovación y Participación Digital, es la prueba más clara de que la dirigencia estatal —encabezada por Cora Amalia Castilla Madrid— no piensa resignarse a la extinción.
Estos nombramientos no son una simple repartición de cargos internos; representan un esfuerzo calculado por dotar al partido de un nuevo aire.
En un contexto donde Morena y el Verde absorben cuadros, militancia y simpatías, mantener viva la maquinaria priista requiere no solo de organización, sino de convicción. Y aquí radica el mérito de que quienes se quedan en el PRI lo hacen por convicción, no por conveniencia, porque las vías rápidas de ascenso político están hoy en otro lado.
El perfil de Rafael León Negrete merece atención. Su trayectoria en el ramo agropecuario y forestal, además de su imagen positiva y capacidad de convocatoria, podría convertirse en un activo estratégico para un partido que necesita urgentemente reconectar con sectores sociales que han sido olvidados en medio de la vorágine del poder guinda. Que el PRI piense en figuras con experiencia real en gestión territorial —y no solo en operadores de coyuntura— podría indicar que busca más que sobrevivir, quizá intenta reconstituir su base.
Pero la historia pesa. No es la primera vez que el PRI recurre a “reestructuraciones” para intentar un renacimiento. Después de su caída en 2016, cuando perdió por primera vez la gubernatura ante Carlos Joaquín González, también se habló de renovación, se nombraron nuevos cuadros y se insistió en que el partido tenía futuro.
Sin embargo, la derrota se repitió en 2018 con resultados aún más devastadores, y en 2022 el partido quedó prácticamente borrado del mapa político estatal.
El patrón es recurrente, cada ciclo electoral, el PRI anuncia reacomodos, se rodea de militancia leal y promete volver a competir con fuerza. Pero hasta ahora esos esfuerzos han terminado siendo insuficientes frente a un electorado que asocia al tricolor con corrupción, autoritarismo y traiciones internas. La pregunta de fondo es si esta nueva reestructuración es distinta o si, como en el pasado, se trata de un espejismo que solo prolonga la agonía.
Con miras a 2027, el PRI tendrá que definirse, o se convierte en un actor competitivo que, aun sin recuperar la gloria perdida, se mantiene como fuerza política con voz propia, o termina reducido a un testigo irrelevante de la contienda. Los nombramientos anunciados son apenas un primer paso, interesante sin duda, pero insuficiente por sí solo.
El verdadero examen será su capacidad para salir a la calle, convencer y recuperar confianza, porque si algo queda claro en el ajedrez político quintanarroense, es que en el PRI solo permanecen quienes creen en la posibilidad de un renacimiento, aunque el viento de la historia sople en contra.
Y si esta intentona fracasa, quedará claro que el PRI en Quintana Roo no está en etapa de renovación, sino en su último acto. Eñ este sentido, el 2027 podría no ser el año de su regreso, sino el de su epitafio político. ¡Hasta la próxima! Nos leemos pronto…
