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A 100 Millas I 🔊“Una carta a la historia… pero escrita desde el poder”

porEditor Libre Opinión

Nov 21, 2025

Por AlmaGrande

La reciente columna de Mary Hernández, Carta a la Historia, se presenta como una reflexión sobre unidad, raíces y legado, pero bajo su envoltorio de metáforas y consignas de armonía, el texto revela algo muy distinto: un mensaje político cuidadosamente empaquetado para blindar posiciones internas, marcar territorio rumbo a 2027 y proyectar una imagen de liderazgo moral que no resiste el contraste con la realidad.

La Presidenta Municipal de Felipe Carrillo Puerto habla de “construir puentes” y de que “nadie avanza solo”, pero evita mencionar un solo problema concreto del municipio o del estado. No aparece la violencia que golpea al sur, ni las carencias históricas, ni los desafíos de gobernabilidad que ella misma enfrenta. La unidad, en su narrativa, funciona como un refugio discursivo, un llamado a cerrar filas sin discutir nada que incomode.

Más aún, Mary convierte su columna en un homenaje abierto a la Gobernadora Mara Lezama, hasta el punto de dedicar un tramo completo a exaltar su liderazgo, sus triunfos electorales y su papel en la sucesión de 2027. Ese ensalzamiento no es casual, es un posicionamiento explícito dentro de la estructura de Morena.

En ese sentido, la columna es menos una carta a la historia y más una carta de lealtad. Sus referencias al “pueblo maya”, al “ADN del sur” y a la “rebeldía que nunca acabó” son poderosas, pero vacías. Ninguna se traduce en compromisos verificables ni en acciones concretas. Es retórica identitaria utilizada como escenografía política. Y esto importa, porque la apropiación simbólica de causas históricas siempre exige responsabilidad y coherencia, no solo poesía.

Pero la parte más problemática del texto es su insistencia en la “unidad” como principio absoluto, sin hacer una sola mención a la pluralidad interna ni al disenso legítimo. Cuando Mary afirma que “lo más importante no son las carreras personales”, lanza una advertencia velada a quienes aspiren, cuestionen o disputen espacios dentro del movimiento que están fuera del marco de la “unidad verdadera”. La unidad, en su versión, es obediencia.

El gran ausente en su columna es el presente. No hay cifras, no hay diagnósticos, no hay rendición de cuentas. Para una carta que pretende hablarle a la historia, resulta llamativo que el presente no exista. La historia, nos recuerda, se construye todos los días, pero Mary elige sustituir esa construcción con metáforas, nostalgia del origen y un futuro definido de antemano por “quien sea” que decida el grupo gobernante.

La pregunta obligada es: ¿a quién sirve realmente esta carta? No al municipio. No a la ciudadanía. Sirve a un proyecto político personal que busca legitimarse bajo la sombra de Mara Lezama, reacomodarse en el tablero estatal y enviar señales claras hacia el 2027.

Mary Hernández escribe como si la historia la estuviera leyendo. Pero la historia —la real— exige hechos, claridad y responsabilidad. No metáforas. No discursos herméticos. No elogios estratégicos.

La unidad que Quintana Roo necesita no se construye con cartas simbólicas ni con consignas huecas, sino con decisiones valientes, con autocrítica y con respeto a la diversidad política de un movimiento que nació precisamente para cuestionar al poder, no para repetir sus viejas prácticas.

La historia no se escribe con discursos. Se escribe con congruencia. Y ese es el puente que aún está pendiente. ¡Hasta la próxima!