Editorial: Libre Opinión
Por: Pepe León, Mario Millán (Almagrande)
La política, dicen, da muchas vueltas. Pero pocas tan abruptas —y desconcertantes— como la de Raymundo King de la Rosa, exdirigente priista durante el oscuro sexenio de Roberto Borge en Quintana Roo, hoy “renacido” como parte del proyecto “ciudadano” de Somos México. Su presencia, sin embargo, no pasa desapercibida: más que sumar, incomoda; más que renovar, arrastra viejos fantasmas.
Durante los años del borgismo, King no fue un actor menor. Presidió el PRI estatal y fungió como uno de los operadores más leales del régimen, el mismo que acumuló denuncias por represión, corrupción y desfalco del erario. Desde esa trinchera, King persiguió con virulencia a los entonces emergentes militantes de Morena, a quienes se refería con desprecio como “loquitos” y “piojosos”. La memoria política de Quintana Roo es corta, pero no amnésica.
Resulta, por tanto, contradictorio —por no decir cínico— verlo reaparecer hoy en una plataforma que se autodefine como ciudadana, ética y ajena a los vicios del pasado. Somos México, en voz de personajes como Guadalupe Acosta Naranjo, ha prometido representar una alternativa frente al desgaste de los partidos tradicionales. Sin embargo, la incorporación de perfiles como el de King de la Rosa socava ese discurso desde sus cimientos.
Su trayectoria habla por sí sola. Tras la derrota priista de 2016, King no enfrentó políticamente el naufragio del partido que encabezó: por el contrario, se aseguró una diputación plurinominal, y más tarde encontró refugio en el Partido Verde, el hábil camaleón político que ha rescatado a numerosos ex priistas en busca de supervivencia.
Ahora, su llegada a Somos México representa no una renovación, sino una reedición. Una jugada de reciclaje disfrazada de apertura. Y eso, en un contexto de hartazgo social con las élites de siempre, no puede sino leerse como una incongruencia grave.
En Quintana Roo, además, su presencia puede reavivar viejas heridas. Los fundadores de Morena en el estado —hoy con posiciones importantes en el gobierno local y federal— no han olvidado los agravios. Incluir a quien fue su detractor más activo no solo parece una provocación, sino una torpeza política.
El riesgo es evidente: desdibujar el perfil ciudadano de Somos México y alimentar la percepción de que se trata simplemente de un nuevo vehículo para los mismos de siempre. Porque si de fondo no hay una ruptura real con las formas del pasado, ¿qué diferencia sustantiva ofrece esta plataforma?
Raymundo King no es un recién llegado ni un arrepentido creíble. Es, en todo caso, un símbolo del sistema que dice combatir. Y su rostro, por más que lo intenten maquillar, incomoda no solo a quienes recuerdan su paso por el poder, sino también a quienes todavía creen que otra política es posible. Nos leemos pronto…
